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Universidad Autónoma de Centro América 

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Comentario a la segunda ponencia:
La Especialización

Maestro Alberto Di Mare

La Especialización [<>] [\/] [/\]

      Robert M. Hutchins, sobre cuyo libro La Universidad de Utopía (1953) hoy tendremos un simposio (infortunadamente abstemio), ha sido un filósofo de mucha influencia en la enseñanza universitaria costarricense. En efecto su reorganización (1929-1951) de la Universidad de Chicago en un college (que nosotros tradujimos como Estudios Generales) donde los novicios estudiarían las artes liberales (gramática, retórica, lógica, metafísica y matemáticas), para luego pasar al entrenamiento en las artes profesionales, fue el paradigma que inspiró la reforma universitaria de nuestro país en la década de los cincuentas.[1] No sólo las aulas universitarias inflamaría con su reforma, sino que la hizo llegar al público general (yo, personalmente, fuí uno de sus conversos) a través de The Great Books, resumen del pensamiento occidental desde la Antigüedad Griega hasta nuestros días, para ser estudiados por cada adulto a lo largo de diez años de aplicación constante a The Great Conversation, mediante una temática desarrollada por su colaborador Mortimer Adler en la obra que llamaron The Syntopicon. Estos libros están expuestos en esta sala, para nuestro deleite. Igualmente Hutchins y Adler dedicaron sus esfuerzos a otra obra titánica, la Edición XV de la Enciclopedia Británica, también mostrada en este salón, con la que dieron un salto "metabático" en la edición de enciclopedias, al volver a dar énfasis a la enciclopedia temática de la Ilustración, poniendo aparte la "diagramación" posterior, del diccionario enciclopédico, con su ordenamiento alfabético de los temas. Por demás está decir que, junto con la Enciclopedia Espasa Calpe y la Enciclopedia Italiana (Treccani), son las mejores y más selectas producidas.

***

      No obstante mi afiliación inicial a las teorías expuestas por Hutchins, evolucioné para darme cuenta de que su planteamiento estaba equivocado, y que los ideales que él propugnaba carecían de validez: bien hizo Chicago, creo hoy, en volver a una educación menos interesada en el filosofar, en el conocer, y más en el hacer, los saberes o el know how. Igualmente buen instinto tuvimos por estas tierras cuando "acatamos la ley, pero no la cumplimos" y dejamos, ignominiosamente ("sin querer, queriendo") naufragar la reforma universitaria de los cincuentas.

      La primera discrepancia con el planteamiento de Hutchins reside en que su reforma confunde el problema de la organización escolar con el de la enseñanza; en efecto, y esto fue puesto de manifiesto paladinamente por Adler, este esquema pretende un único sistema de aprendizaje para toda la población (específicamente, la lectura de los Grandes Libros, la llamada Gran Conversación), ideal inalcanzable, pues no hay modo alguno de lograr una definición de cuál sea el contenido de este programa; pero si alcanzarse pudiera, peor nos iría, ya que sería sumamente empobrecedor y lo único que realmente lograría sería una cultura anticuaria, forzosa y forzadamente conservadora e inmobilista.

      La solución propuesta, la lectura de las grandes obras en los textos dechados de nuestra cultura, tiene fundamento en la opinión (Hutchins) de que:

la finalidad de la educación no es conocer cada vez más detalles acerca del mundo, sino comprender el mundo. (p. 20, en la publicación de la Editorial Universitaria de Buenos Aires)

pero no es posible comprender sin conocer detalles, por lo que esta premisa es vacía. Tampoco es posible comprenderlo todo, alcanzar una visión integral de la cultura: pretenderlo es señal de desmesura. Hutchins se percata de esto, cuando afirma:

No es necesario que un profesor... comprenda su materia como totalidad; incluso puede ser un verdadero inconveniente que lo intente. (p. 20)

pero su aserto llama la atención, porque todo el programa que él propone es uno de comprender la materia en su totalidad, sin percatarse de la desmesura (hubris) que esto implica. Mi experiencia personal, como individuo y como maestro, me ha convencido de que este ideal es inalcanzable y que toda pretensión de una unidad intelectual de los saberes ocupa tiempo que mejor se puede aprovechar en cosas de más utilidad... porque esta no la tiene.[2]

      Este inmenso esfuerzo, de llevarse a cabo, lograría otro resultado, de altísimo valor en el pasado, pero totalmente depreciado hoy en día: el identificarnos con una cultura; ni tanto, con una sub-cultura, la de las aristocracias terratenientes que dominaron la vida social de Occidente por lo menos desde el siglo V a.C. hasta el siglo XVII de la era cristiana. Fue necesariamente una subcultura aristocrática, pues sólo esas clases dispusieron de escolaridad (de sjolé, de ocio para reflexionar); eso no sería cosa que invalidara o empañara sus logros, todo lo contrario, porque –poco a poco– hicieron posible la escolaridad para muchos, y en la actualidad para todos; pero esa proeza no quiere decir que su producto, la Gran Conversación, esté libre de polvo y paja, pues lleva consigo todas las singularidades propias de las clases que la produjeron.

      Que la gramática, la lógica y la retórica sean partes indispensables de toda educación (de cualquier persona) es irrefutable, y que igualmente hayan de serlo las matemáticas y la metafísica, incluso para toda la población, parece bastante aceptable. Poseer estos instrumentos haría posible que todos pudieran reflexionar con propiedad y así formar parte, activa y creativamente, de la comunidad. Aceptado esto, no se sigue que, una vez alcanzado ese currículo básico, una educación –como la típica de Norte América ya desde el siglo XIX– fuertemente sesgada hacia lo práctico (aprender a hacer, en lugar de aprender a comprender) perjudique al individuo y a la comunidad, por la capitis diminutio concomitante a la deficiente educación. Este prejuicio en modo alguno ha sido demostrado y para mis adentros tengo que mucha más razón lleva Alexis de Tocqueville,[3] al hallar consuelo en la tendencia vocacional de la educación norteamericana y comprobar sus grandes logros, en contraste con la educación liberal de Francia en su tiempo (donde "los Hutchins" dominaban).

      Sin mucho asidero en hechos o experiencias, Hutchins se limita a proponernos un prejuicio, que a mí me cuesta mucho aceptar, el de que existen diversas formas de conocimiento (lo digo después de haber leído muchas veces, con mucha atención y detalle Los Grados del Saber de Jacques Maritain, quedando tan confuso a la postre como al inicio) y por ello afirma, de golpe y porrazo:

El criterio para la inclusión o exclusión de materias en la universidad, sin embargo, no puede ser la utilidad o inutilidad práctica inmediata. En el ejemplo que he dado, ninguna de las dos materias corresponde a la universidad, porque ninguna requiere reflexión. Pensar es una ardua tarea, pero no toda tarea ardua implica pensar. (p. 26)

      Una vez que te convenzas de esto, no queda más que elegir un consejo de ancianos o de santos que guíen, supervisen y fiscalicen la educación universitaria, que acabará siendo, por razón misma de las cosas, la menos libre de todas, o en las palabras de Hutchins:

La universidad se funda en el supuesto de que, en alguna parte del Estado, debe existir una organización cuyo propósito sea meditar profundamente sobre los problemas intelectuales más importantes. Su finalidad es iluminar todo el sistema educativo y las cuestiones teóricas y prácticas que se plantean a los pensadores especulativos y a los hombres de acción. Es una comunidad que piensa. (p.28)

***

      Llegado que fue el siglo XVII, la Gran Conversación comenzó a ser imposible, y definitivamente insostenible a partir de los cincuentas del siglo XX.[4]

      En el siglo XVII nace la ciencia experimental y el conocimiento científico aparece con características propias y con una capacidad de embeleso incontenible sobre la comunidad occidental, por sus frutos. Este conocimiento, a partir de la creación de la Royal Society en Inglaterra,[5] se organiza mediante un esquema exquisitamente darvinista-lorenziano (logrado mucho antes de que las respectivas teorías biológicas –Darwin[6]  y Lorenz–[7] se hubieran excogitado); en efecto, se permite la supervivencia sólo de la teoría más apta y toda teoría se considera provisional, como en el darvinismo, hasta tanto otra mejor no la desbanque; asimismo el desbancamiento ha de ser civilizado, mediante una estricta etiqueta en que prevalezca el más apto, pero no perezca el sobrepasado, como en la violencia ritual de los animales superiores estudiada por Lorenz.

      En este nuevo entorno avanzan notablemente las ciencias físicas, las biológicas y las sociales, dejando muy atrás los conocimientos acumulados hasta el siglo XVII. En las postrimerías del siglo XIX igual cosa hará la psicología y en el XX la medicina y los sistemas de información.

      La Gran Conversación tiene ahora tantos nuevos protagonistas, y cada uno de ellos con inmenso patrimonio, que resulta imposible llevarla a cabo: pretender un conocimiento universal a la Pico della Mirandola es inconcebible. Pero hay otro obstáculo mayor, y es el de que ya no existen grandes obras, pues los nuevos sabios, por lo menos desde la segunda mitad del siglo XX, ya no escriben los enjundiosos tratados de otrora. Ahora todo está en desarticuladas publicaciones, dispersas en revistas científicas: no hay un Organon, un Corpus, que las recopile y presente ordenadas y digeribles, como hicieron los dechados de la Gran Conversación. Con lo que la tendencia a la profesionalización, que es una tendencia a la especialización, se torna incontenible, por razón misma de las cosas.[8]

      Y esta razón misma de las cosas resulta de la inmensa feracidad de este nuevo modo de conocer, reflexionar y meditar. Así como el socialismo hubo de renunciar a sus vías y a sus sueños, por ineficiente e inepto, sucede otro tanto al sueño de los Grandes Libros, la Gran Conversación y la educación liberal "a la Hutchins". Tiene un costo muy alto para que podamos, o queramos, afrontarlo. Digamos lo que digamos.

***

      Agradezco profundamente la paciencia que han tenido en escucharme y aprovecho para agradecer al Rector que me haya encomendado este grato encargo, gracias al cual he podido reconocer la imperecedera deuda intelectual con Hutchins y Adler, y, a la vez, tirar por la borda tantas de las insensateces a que estuve encadenado en el pasado.

      ¡Muchas gracias!


Notas de pie de página [<>] [\/] [/\]

[1] Nuestra reforma fue adoptada precisamente cuando el dechado abandonaba el paradigma, en efecto, con el alejamiento de Hutchins de la Universidad de Chicago (1951), ésta volvió a ser otra vez una universidad típicamente norteamericana, con su exagerado énfasis en lo profesional, o vocacional.
[2] En el Stvdivm Generale de esta Universidad adoptamos un programa "a la Hutchins", un tirocinio inicial obligado para todos los alumnos y que consistía en un trivium (lógica, gramática, redacción) y en el estudio de la metafísica (tres cuatrimestres de fundamentos de filosofía). Con el pasar del tiempo nos hemos quedado con sólo el trivium (que sí ha persistido), pero la metafísica primero se transformó en Cultura Universal (de contenido menos crítico) para llegar a ser, actualmente, un minor compuesto por los fundamentos de una carrera diversa (cuanto menos relacionada mejor) a la que el estudiante sigue. Sin embargo, incluso estos minores han sido evitados por la mayor parte de los pupilos, haciendo uso de la freilernt (libertad de estudios o de aprendizaje, correlato estudiantil de la libertad de cátedra) que nuestro colegio profesa.
[3] La Democracia en América, Alexis de Tocqueville, Universidad Autónoma de Centro América, 1986, ISBN 9997.63-026-7 especialmente el tomo II capítulos IX y X, pp. 34 a 45.
[4] Esto lo ha señalado repetidamente el maestro Francisco Alvarez, aunque desde un ángulo ligeramente diferente, al referirse a la minusvalía de los sabios de la segunda mitad del siglo XX, respecto de sus antecesores.
[5] 1660. En Europa se fundaron, con objetivos semejantes, Academias; pero no fueron como la Royal Society privadas e independientes, sino órganos gubernamentales, con escasa inventiva y creatividad.
[6] Charles Darwin, The Origen of Species by means of natural selection, or the preservation of favored races in the struggle for life, 1859. The Modern Library, New York, sin fecha.
[7] Konrad Lorenz, Behind the Mirror, a search for a natural history of human knowledge. ISBN 0-15-611776-2, 1977.
[8] Ver nota 5[5].

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Alberto Di Mare: Cofundador de la Universidad Autónoma de Centro América, Secretario-Tesorero de la Junta Administrativa de la Fundación U.A.C.A., Deán del Stvdivm Generale Costarricense.

[mailto] Alberto Di Mare <alberto@di-mare.com>


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Referencia: Di Mare, Alberto: Comentario a la segunda ponencia: La Especialización, XIV Asamblea Académica, Revista Acta Académica, Universidad Autónoma de Centro América, Número 23, pp [264­266], ISSN 1017­7507, Noviembre 1998.
Internet: http://www.di-mare.com/alberto/acta/1998nov/adimare2.htm
Autor: Alberto Di Mare <alberto@di-mare.com>
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